lunes, agosto 02, 2004
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Querido Miguel:
Hoy he salido al patio y el sol se reflejaba en el estanque; el agua parecía cielo y en el muro encalado brillaban sus reflejos azulados... como en los veranos que solíamos pasar aquí, ¿Te acuerdas? Parece que te estés acercando sigilosamente por detrás, para abrazarme por sorpresa, como siempre.
Hace unos días, al pasar por delante de la ventana del pasillo que da a la calle, vi una figura, acercándose, y se me heló el corazón... porque todavía creí que eras tú, que volvías de la panadería, como siempre.
Como siempre te sigo esperando, hechándote de menos, como si fueras a llegar en cualquier momento, como si hubieras estado ausente unas horas, y no años que parecen vidas. Y las vidas lo son cuando se viven. Y sin tí yo no vivo. Y menos vivo sabiendo que tú tampoco...
En el fondo, sigo teniendo tu presencia, te sigo viendo en todas partes, y sigo viviendo en los recuerdos, y te veo en tu hijo, que es la brisa que refresca la monotonía de los días, porque es el lazo que todavía me queda contigo. Él es la ternura que me da el poco espíritu que me hace comenzar cada mañana. Me gustaría que pudieras verlo, sonriendo, ajeno al sufrimiento por tu ausencia que estará latente en el ambiente. Hasta que vuelvas.
Carta a Miguel Hernández, 1997.
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